•*´¨`*•.¸¸.•*LAS METAMORFOSIS•*´¨`*•.¸¸.•*
LIBRO III: CADMO CONTRA EL DRAGÓN DE MARTE Y LA FUNDACIÓN DE TEBAS
Agenor ordena a su hijo Cadmo que busque a Europa y no regrese mientras no la halle. Cadmo, habiéndola buscado vanamente y queriendo evitar la cólera de su padre, se decide a huir a tierra extraña para consultar al oráculo de Apolo en qué ciudad podría refugiarse. <<Encontrarás – le respondió éste- en un prado desierto a una novilla hermosa que jamás llevó yugo. Síguela, y donde ella se detuviese tú fundarás una ciudad que llamarás Beocia.>>
Apenas Cadmo hubo oído esto, había salido del antro dedicado a Apolo, cuando vio una vaca, a la que nadie guardaba y que marchaba muy lentamente. Fijóse mucho y no vio en el cuello del animal chafadura alguna que indicase haber llevado yugo. La siguió, y marchando sobre sus huellas adoraba en un silencio respetuoso al dios que le servía de guía. Habían atravesado el arroyo Cefiso y las campiñas de Panopea, cuando la vaca, levantando la cabeza, empezó a mugir para inmediatamente tumbarse sobre la hierba. Cadmo dio las gracias a Apolo por el maravilloso presagio, besó la tierra extranjera y se dispuso a ofrecer un sacrificio a Júpiter, ordenando a sus compañeros que buscasen el agua necesaria. Entre cañas y mimbres, en medio de una selva, bajo un arco de piedra, manaba el agua limpiamente. Pero en esta misma cueva estaba la entrada al antro del dragón de Marte, monstruo de tres lenguas ponzoñosas y de ojos llameantes, el cual, despertado por las pisadas, se lanzó sobre los desdichados a quienes el miedo había helado la sangre y tirado de las manos los cuencos con el líquido precioso. Replegándose y estirándose de mil maneras obsesionantes, el dragón mostró su altura, mayor que la de los árboles del bosque y… ¡casi tan grande como la del dragón celeste que está entre las constelaciones de las dos Osas! Y como no podían defenderse ni emprender fuga, fueron anillados, mordidos, triturados.

Ya estaba el Sol en la mitad de su carrera cuando Cadmo, extrañado por la tardanza de sus compañeros, decide lanzarse en su busca. Cúbrese con una piel de león y tomando la lanza y la flecha –que eran sus armas acostumbradas- y revistiéndose de un valor y de un coraje aún más necesarios que las armas, se dirige al lugar convenido. Desde que penetró en el bosque empezó a ver la sangre derramada y los despojos de sus desdichados amigos. <<Queridos amigos –invocó-, vuestra muerte será vengada o yo pereceré.>> Dicho esto, de repente, empujó desde lo alto contra la cueva una piedra tan enorme que las murallas y torres más enterizas hubieran sido pulverizadas, El dragón serpentino, sin embargo, no fue herido mortalmente; sus escamas eran más fuertes que la torre y que el muro; pero no pudo resistir el flechazo que entrándole por el espinazo le llegó hasta las entrañas. El dolor tumbó al enfurecido dragón, que, retorciendo la cerviz, mordía el asta y pretendía inútilmente sacársela de la herida. La bestia no se rendía aún. La sangre venenosa corría a raudales empozoñándolo todo. Sus zarpas se extendían rudamente en ataques que la piel de león y la lanza de Cadmo hacían estériles. Por el fin el valeroso viajero pudo clavar su arma en la garganta del monstruo, cuyos coletazos, sintiéndose morir, derribaban enormes árboles. De pronto, con pasmo del vencedor, dejóse oír una voz que podía salir de la bestia o venir de las entrañas de la Tierra o caer de lo más alto del Cielo. <<¿Por qué, ¡oh hijo de Agenor!, contemplas tan fijamente a la serpiente?… ¿Es que adivinas que algunas vez tomaras su misma figura?>> Esta amenaza le llenó de espanto. Temblaba. Un frío mortal erizaba sus cabellos. La diosa Palas, su protectora, descendió del Olimpo para ordenarle que sembrase los dientes del dragón, dándole juramento que de ellos nacería un nuevo pueblo. Obedeció Cadmo. Trabajó la tierra. Sembró los dientes. Y, en efecto, al poco tiempo empezaron a moverse los terrones, y la sorpresa del sembrador vio salir de entre ellos, primero puntas de lanzas, después cascos adornados de plumas, espaldas, pechos, brazos cubiertos de hierro… de la misma manera que en el teatro aparecen ante el público, al bajarse la cortina, las cabezas, los pechos, las piernas… Creyéndose ante unos nuevos enemigos, Cadmo se dispone a defenderse. Uno de los nacidos de esta forma extraña le disuade, haciéndole comprender que deben ser compañeros. Pero un furor extraño se apodera de la tropa y lanza a estos hermanos a una lucha fratricida. Los muertos dan toda su sangre a la tierra; y únicamente cuando quedan cinco, ante el estupor de Cadmo, el que de ellos es llamado Echión propone, por orden de Palas, que desista de seguir la pelea. Estos cinco fueron compañeros del héroe, quien los emplea en construir la ciudad que el oráculo le había ordenado fundar.
Edificada y ya floreciente, Tebas, Cadmo, podrías ser juzgado dichoso. Nada te falta. Marte y Venus te dieron por esposa a su hija. Has tenido muchos hijos. Los nietecillos te rodean ahora. Pero… a nadie se puede juzgar feliz mientras alienta en este mundo. En el apogeo de tu felicidad, ¡oh, Cadmo!, tus nietos precisamente iniciaran tus desventuras. Uno de ellos fue devorado por sus propios perros. Relataremos su tragedia:
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ISBN: 84-8265-103-X