***ACTEÓN DEVORADO POR SUS PROPIOS PERROS***

•*´¨`*•.¸¸.•*LAS METAMORFOSIS•*´¨`*•.¸¸.•* LIBRO III: ACTEÓN ES DEVORADO POR SUS PROPIOS PERROS; EL CASTIGO DE DIANA.

Acteón, nieto de Cadmo, un mediodía, con sus canes, salió de caza hacia el monte Citerón. El sol invitaba al reposo. Y él propuso a sus compañeros que se le habían unido esperar el alba del día siguiente para colocar las redes. Fue aceptada la proposición. ¡Es tan maravilloso sestear y soñar frente a un paisaje como el valle Gargafie! Rumorea el aire en los pinos y en los cipreses, arrancándoles sutiles aromas…
        En esta comarca consagrada a Diana había un remanso entre las rocas y la floresta, obra única de la Naturaleza, pero que mejor no pudiera lograr la obra de arte. Sonaba con un rumor de corazón la fuente de aguas más puras entre dos riberas de aterciopelado césped. La diosa de los bosques, cuando solía notarse fatigada de la caza, venía a bañarse con mucha frecuencia en este encantador baño. Precisamente aquel día, seguida de sus ninfas, llegó Diana con el afán de sumergirse. Entregó sus armas –arco, flechas, carcaj-. Una ninfa la desnuda. Otra, Crocale, le anuda artísticamente los cabellos que se le derraman por los pechos y la espalda. Varias, Nifele, Hyale, Rhanis, Psecas y Phile vuelcan sobre su cabeza bellísima y los vasos de perfume.
     Entre tanto Acteón, que había interrumpido su caza, dirigiéndose hacia el bosque, sin rumbo conocido, fue llevado por su destino cruel al lugar donde Diana se bañaba. No hizo sino llegar cuando las ninfas, chillando, se apresuraron a rodear a la diosa; pero ésta, más hermosa y alta, dejaba ver aún así su rostro. Y, valga la imagen: lo mismo que las nubes se iluminan y sonrojan cuando los rayos del Sol, al nacer, las hieren, así del mismo color y lumbre, quedó el semblante de Diana cuando se vio sorprendida en la desnudez por un hombre.
      Duro gesto el de Diana, entonces. No teniendo a mano las arrojadizas, hubo de contentarse con arrojar al agua al rostro de Acteón mientras le decía el presagio de su desgracia: <<Intenta, a ver si puedes, ir diciendo que has visto a Diana desnuda>>.
Instintivamente, en la frente del nieto de Cadmo empezaron a brotar cuernos de ciervo; se alargaron su cuello y su cabeza; sus manos se transformaron en patas. Una extraña timidez, que le aconsejaba huir, le invadió. Se miró en las aguas y quedóse aterrado. Ni decir: <<¡Ay, desdichado de mí!>>pudo, porque no tenia palabras con las que expresarse. ¡Ya no era sino un animal destinado a ser perseguido! ¿Qué haría? ¿Volvería al palacio de su padre? ¿Se hundiría en lo más espeso de los bosques? El miedo y la vergüenza le asendereaban. De pronto, le avistaron sus perros. Ladraron Melampo, nacido en Creta, e Icnobante, nacido en Esparta; inmediatamente les hicieron coro, al tiempo que se acercaban con la velocidad del viento, Pampago, Dorceo, Orisbaso, lebreles de Arcadia; el robusto Nébrofon, los temibles Theron y Lelaps; el ligero Terelas y el venteador Agré; hielo, aún ensangrentada la herida que le produjo un jabalí; Napé, nacido de lobo; Poemis, guardián feroz de rebaños; Harpía y sus dos hijos; Ladón, excelente cruzado de Sicione; Dromas, Canaceo, Sticté, Tigris, Alceo, el blanquísimo Leucón, el negro Asbole, el fortísimo Lacón y Aello, el más rápido de toda la jauría; Thoiis, Liciscas con Ciprio, el negro Harpale, Labros, Agriode –hijo de un perro de Creta y de una perra de la Laconia- e Hilator, de terribles aullidos, y todos los demás –sería enojoso seguir enumerándolos- ansiosos de clavar sus colmillos en la codiciada presa. El desdichado Acteón pensó que podría hacerse reconocer; le bastaría para ello gritarles: <<¡Yo soy Acteón! ¡Yo soy vuestro dueño! ¡Yo os he alimentado!>> ¡Pero él no podía usar de las palabras para hacerse entender! Mientras, los perros habían llegado, rodeándole en seguida. Melanchetón le tiró la primera dentellada. Teridamas le hiere con desgarradura. Orensítrogo logró cogerle bocado en el lomo. Acteón gemía desesperadamente. Corría y caía. Pensó poder hincarse de rodillas para implorar celeste auxilio. Pero la cólera de Diana no se aplacó hasta verle inmóvil, yerto, destrozado…

Acteón: El Cazador Intrépido Que Fue Transformado En Un Ciervo ...








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ISBN: 84-8265-103-X

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