•*´¨`*•.¸¸.•*LAS METAMORFOSIS. LIBRO SEGUNDO•*´¨`*•.¸¸.•*
꧁ FAETÓN, CONDUCIENDO EL CARRO RESPLANDECIENTE DE SU PADRE EL SOL (PARTE II) ꧂
Barrieron el mundo con sus crines de fuego los cuatro caballos del Sol: Pyrois, Ehtón, Phlego y Heo. Ante ellos se abrían todos los panoramas celestes. Se hizo desenfrenada su carrera, y pronto debieron advertir los potros que el brazo que les guiaba no era el del poderoso Apolo, porque dejando el camino cotidiano se lanzaron por sendas desconocidas; despavorido, Faetón no lograba enderezar el rumbo. Y, entonces, por primera vez, las frías estrellas del Septentrión sintieron el calor y se echaron sobre el océano. Entonces, el Dragón, inmediato al Polo Norte, siempre acostumbrado al frío, se enfureció sintiéndose abrasado. El infausto y triste Faetón, contemplando tan lejana la tierra, tiembla y atribula, rodeado por todas partes de abismos; pese a estar envuelto en resplandores, sus ojos se cubren de tinieblas. De repente, llora su capricho de querer guiar los carros de su padre y conocer su origen a precio tan enorme. Tal vez le debiera haber bastado con tener a Merope por padre. Mientras tanto, él es como una nave sin timón, a merced de los dioses y de los vientos. ¿Qué hará? Anduvo ya por mucho Cielo, pero aún le queda una carrera bien larga. Mira a Poniente. Mira a Oriente. ¿A cuál de los dos términos volverá? No suelta ni estira las riendas. No sabe el nombre de ningún milagro celeste de los que contempla admirado. Aquí, los dos arcos, la cola de Escorpio, monstruo espantable según el pensamiento de Faetón, y conmoción que le hace abandonar las riendas. Espántase los corceles… enloquecen…dejan atrás a los más veloces huracanes…¡Qué baja queda la hermana Luna!… Se aproxima a la Tierra…¡Y qué estragos ha de presenciar!… ¡Se calcinan árboles, campos, ciudades, personas! ¡Cada montaña es un Etna en erupción! El monte Athos, el monte Tauro, el Cilix, el Tímolo, se aventan en pavesas. El Parnaso, el Micale, el Gintho, los Alpes y los Apeninos… son antorchas descomunales… De esta aventura fogosa dicen que le quedo a Etiopía su tono moreno y a Libia su tierra yerma. Lloraban las Ninfas buscando ríos y lagunas. Acrocorinto busca a Pirene, Boecia a Dirces, Argo a Amimones. ¡Y era fuego líquido la onda de Thanais y de Ismeno! El roro derretido daba caudal al Tajo, Ródano, Ebro, en Occidente, arrastraban hervores. Se retiraba el Nilo a los extremos del mundo. Huían los peces y los monstruos marinos a lo más profundo. Nereo y Doris con sus hijas anhelaban aguas tibias de refrigerio. Empezó a conmoverse el planeta terrestre; llegó la luz hasta los antros de Plutón y Proserpina. <<¡Oh, padre de los dioses! – clamó el mundo habitado-. Si es cierto que me miráis con places, ¿por qué me lanzáis vuestra ira? Si he de morir por fuego, que yo sepa que el fuego me llega de vuestra mano y ello me servirá de consolación. Advierte, ¡oh, señor!, mi cabellera ardiente, mis ojos ahumados y ciegos ya para no veros… ¿Es que mi fertilidad y belleza merecen tal oprobio? ¿Así queréis recompensarme por ofrecer pasto al ganado, al arado tierra propicia, semillas multiplicadas para su subsistencia al hombre, incienso lento y perfumado a los dioses? Quisiera merecer este castigo… para no pensar en vuestra injusticia. Pero… ¿qué os hizo vuestro hermano Neptuno para que alejaseis sus aguas de vuestro cielo? Pues si ni yo ni tu divina fraternidad te merecemos celos debes aplacar tus rigores. Verás ardiendo mis dos polos, y cómo el propio Atlas no puede sostener ya la candente esfera sobre sus hombros. ¡Aplaca las llamas y no dejes perecer por entero al Universo!>> Tal fue el discurso de la Tierra; el calor le impidió prolongarlo…
Justamente aterrorizado el padre de los dioses, comprendiendo la necesidad de remediar tamaña catástrofe, se subió a lo más alto del Olimpo, punto desde el cual solía arrojar sus rayos. Rápidamente arrojó uno de éstos en contra de Faetón con tal tino que despojó de su vida al necio y ciego conductor de carros. Espantáronse los corceles, rompieron las ligaduras y cada uno pateó por dirección contraria. Lo mismo que cae una estrella, cayó Faetón desmayado sobre la Tierra. Le recogieron Eridano y las ninfas de la Hesperia para darle sepultura; y sobre ésta pusieron el siguiente epitafio:<<Aquí yace Faetón, que conducía el carro de su padre el Sol. Desdichado en su empresa, le justifica al menos su misión viril>>.Entre tanto, el Sol, dolorido por la pérdida de su hijo, empalideció. Y todo el universo hubo de conllevar su pena. Clymene, enloquecida, se echó a buscar los restos amados salidos de sus entrañas, y al hallarlos por fin, tirada sobre la tumba, cubierta de lágrimas, noche y día dejaba pasar llamándole monótona, quejumbrosamente. De igual modo se dolieron las hermanas… Cuatro veces se ocultó la Luna. Sollozó Faetusa, queriéndose postrar. La bella Lampecia se arrancó los cabellos… Y el Sol, inconsolable, renegaba de ser Sol, deseando únicamente poder lamentarse. <<Mi existencia –clamó- no ha podido ser más agitada desde que existe el Universo. Jamás cesé en mi trabajo y jamás fui recompensado. Si nadie quiere mi carga, debe el mismo Júpiter guiar mi carro, que puede ser oficio menos cruel que el de privar de sus hijos a los padres. Cuando él se de cuenta de todo lo trabajoso que resulta conducir mis caballos, es fácil que se sienta movido por mayor misericordia.>> Al triste Sol le fueron rodeando todos los dioses, quienes le rogaban volviera a su cotidiano oficio, alumbrando el mundo sumido en tinieblas. Hasta el mismo Júpiter llegó para primero dar disculpas de su cólera y ordenarle después que cumpliera con su obligación. Febo recogió los espantados caballos, los volvió al yugo, al freno y a la rienda y descargó sobre ellos todo su rencor.



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ISBN: 84-8265-103-X