•*´¨`*•.¸¸.•*LAS METAMORFOSIS. LIBRO SEGUNDO•*´¨`*•.¸¸.•*
꧁ FAETÓN, CONDUCIENDO EL CARRO RESPLANDECIENTE DE SU PADRE EL SOL (PARTE I) ꧂
El Alcázar solar se elevaba sobre unas enormes columnas. Por todos sus lados refulgían el Sol y las piedras preciosas. Resplandecían las techumbres como de marfil. Las puertas eran de plata. La maravilla de la obra superaba aún a la maravilla de la materia. Vulcano, en su propio afán, había esculpido en él el océano que envuelve a la tierra, la Tierra misma y el Cielo. Las divinidades marinas se deslizaban sobre las sugestiones glaucas. Tritón, con una concha en la mano. Proteo, manifestándose de diversas formas. Ageón, domando ballenas. Y Doris con sus hijas, quitándose las arenas de sus cabellos verdes y de sus rostros de nácar y haciéndose llevar por los monstruos marinos. Todas estas Ninfas no tenían los mismos gestos, pero se conocían en sus semblantes esos rasgos que suelen delatar a las que son hermanas. La Tierra estaba representada por los hombres que la habitan. Ciudades, selvas, montes, fieras, ríos y todas las divinidades campestres veíanse por doquier. La brillante esfera del Cielo coronaba toda la obra. Los signos del Zodíaco estaban representados, seis a la derecha y seis a la izquierda.

Desde que Faetón llegó a este palacio quiso acercarse al Sol. El calor y el relumbre no se lo permitieron. Estaba el dios cubierto con un manto de púrpura y sentado en un trono de brillantes esmeraldas; tenía a sus lados los Días, los Meses, los Años, los Siglos y las Horas, distanciados por igual los unos de los otros. La Primavera aparecía coronada de rosas; el Verano mostraba una espiga; el Otoño presentaba sus vestiduras manchadas de mosto, y el Invierno, los cabellos blancos y lacios. En Sol, en el centro de esta Corte, abría sus ojos omnipresentes, y viendo al atónito Faetón le habló así: <<¿Cuál es el objeto de tu viaje? ¿Te ha hecho venir hasta mi alcázar la pretensión de que yo te reconozca como hijo mio?>> <<¡Oh dios de la luz! – le respondió Faetón -. ¡Oh padre mío! ¡Si realmente lo eres, permíteme un signo que me valga para demostrar a todos que soy tu hijo! ¡Alíviame de la duda que me aflige>> Oídas estas preguntas, el Sol, despojándose de su gloria, le mandó acercarse y le abrazó paternalmente. <<Sí, tú eres mi hijo – respondióle- . Desecha todas tus inquietudes. Clymene fue poseída por mí. No puedo negarte lo que me pides. Te juraré la verdad por ese lago por el que los dioses juran.>> Faetón, convencido, pide al punto el gobierno mismo de su genitor, para, siquiera un día, gobernar el Universo. <<¡Ah, hijo mío! – le reprocha el Sol-. ¡Creo que me pides demasiado! ¡Ojalá me pudiera desdecir! Pretendes endiosarte… Los dioses consiguen todo aquello que pretenden. Pero… únicamente yo puedo conducir el carro de fuego que ilumina al Mundo. Júpiter mismo – ¿ y quién más poderoso que él?- no se arriesgaría a tal empresa. Al principio el camino es muy escarpado y mis corceles aún pueden ser contenidos. Al fin de la carrera, cuesta abajo, ¡cuánta experiencia se precisa para frenarlos sin que se desboquen! Tetis, que me recibe en sus ondas, nunca pierde el temor de que un día, en vez de acostarme lentamente, me precipite. No has de olvidar que el Cielo gira y arrastra a las estrellas en su revolución, ¡y qué yo señalo mi curso en dirección opuesta! ¿Te figuras que de confiarte mi carro ni un momento siquiera? Pero, figúratelo; ¿qué harías entonces? ¿Qué esfuerzo opondrías al de los polos al movimiento celeste? ¿Te imaginas que has de pasar por ciudades, por bosques, por delante de los templos, que nos has de encontrar obstáculos tremendos ni monstruos invencibles? Aun sin que dejaras el camino recto, habrías de pasar entre los cuernos de Tauro y por el arco de Sagitario; ante ti se presentarían un furioso León, un monstruoso Escorpión que extiende sus pinzas por gran parte del Cielo… Para conducir mis caballos fogosos y encabritados, que van echando fuego por boca y narices, se necesitan, hijo mío, fuerza y habilidad que únicamente yo poseo. Peligroso y difícil sería tu encargo. Pero… prenda me pides de que soy tu padre. Te lo prometí… Podrías tenerla con que te fijases en mi semblante… y si pudieras penetrar en mi corazón. Todo, todo lo del mundo podría darte… ¡y me pides lo que únicamente me está vedado a concederte! Faetón: ¡acuérdate! ¡Tu petición será tu ruina! Pero… ¡Juré por la laguna Estigia, y para no ser perjuro he de supeditarme a tu exigencia!>>. Apenas Faetón escuchó tan grave discurso. Nada opuso a las razones de su padre. Le reconcomía sólo un deseo: conducir la carroza, maravilloso vehículo hecho por Vulcano, con eje, timón y ruedas de oro y centelleos de plata. Huían las estrellas. Se entreabría la puerta del Alba. Empalidecieron la Luna y el lucero matutino. Faetón ordenó a las Horas que apercibieses los caballos; salieron éstos arrojando fuego por sus belfos y tan indómitos que apenas los contenía el freno formidable. Aún dio el Sol nuevos consejos a su hijo; <<Frena a los potros en lugar de dejarles rienda libre; escoge bien el sendero; no subas ni bajes más de lo conveniente; te encontrarás cinco arcos; el más derecho es el tuyo. Las huellas de las ruedas en otros días serán tus mejores referencias. No te salgas, ¡oh, hijo mío!, más de la pista, porque si subes tocarás el Cielo y si desciendes te estrellarás contra la Tierra. Procura conservarte a igual distancia de las constelaciones… Por lo demás… ¡que la fortuna sea tu aliada! Pero mientras yo te hablo la Noche ha desaparecido y la Aurora acabó de disipar las tinieblas. No hay tiempo que perder. Si persistes en tu resolución, toma ya las riendas… ¡Todavía estás a tiempo de abandonar tu temeraria empresa…! ¡Todavía puedo yo, una vez más conducir mi carro para esclarecer al Mundo!…>> Faetón, sin escuchar los avisos de su padre, subido sobre el vehículo y empuñadas las riendas, feliz de la gracia obtenida, partió…
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ISBN: 84-8265-103-X